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En casa le decíamos suflé
13 junio 2008

Eran tiempos de pura inventiva culinaria. Era época de plena hiperinflación en la que la comida costaba más cara a medida que te la ibas comiendo. Para graficarlo, si el primer raviol costaba 50 centavos, para la hora de terminar el plato cada bocado salío 100 pesos. Así las cosas, ese último raviol que quedaba en el plato valía más que todo lo que te habías comido, y no nos podíamos dar el lujo de desperdiciar comida. Aplicando la máxima de la energía por la cual nada se pierde, todo se transforma, mi madre solía acumular todo lo que iba quedando en el ‘táper de las sobras’.
Como en muchas familias clase media como la mia, que ambos padres trabajaran era cosa normal, y mi vieja debía repartir su tiempo entre la tarea docente para chicos ajenos por la mañana, y docencia para los chicos propios por la tarde. En el medio debía buscarnos en el colegio, preparar el almuerzo, lavar la ropa, planchar las camisas de mi viejo, limpiar los pisos (que nosotros gentilmente nos encargabamos de ensuciar volviendo de la plaza embarrados hasta las pestañas), llevarnos a basquet, regar las plantas, pasear al perro, colgar la ropa, buscarnos en el club, ponernos a hacer la tarea, lavar los pisos, entrar al perro, descolgar la ropa, planchar las camisas, cambiar las sábanas, lavar los pisos, ponernos el pijama (tarea harto dificil teniendo en cuenta que somos tres varones y mientras uno estaba arriba del arbol, el otro andaba en bicicleta y el otro jugaba a las escondidas en la cuadra), preguntarnos si habiamos hecho toda la tarea (momento en que uno decía: ‘si…..ah! mañana tengo que llevar un planetario a escala de pelotas de telgopor y un quemador que simule el sol’), reponerse del infarto, chequear las cuentas por pagar, retar a mi papa por el volumen del televisor, corregir chorrocientos tigirisiete examenes de biologia e irse a dormir.

Esa rutina liviana se iba complicando con el correr de los días de la semana, en la que se iban apagando en ella tanto las ideas culinarias, como los ingredientes de la alacena, casi al mismo ritmo que crecía el temido ‘taper de las sobras’. Y entonces, en el medio del caos y la confusión, y tras una cómplice cortina de humo escondedora, aparecía el amarillo brillante de la olla Essen acompañado de un sonor ‘chiiiiiiiiicos, a comeeeeeeeer!’. A partir de ahí, luego de encomendar nuestros estómagos al señor, destapábamos la olla para ver aparecer los fideos del lunes, las milanesas del martes, la mayonesa de ave del miercoles, la tortilla de zapallito del jueves, el osobuco del viernes y el queso cremoso por kilo, todo acolchado sobre una tapa de tarta pascualina y fraguado con tres huevos batidos con sal. Ante la obvia pregunta mi mamá largaba con su mejor acento francés un ‘Pero si esto es un suflé de l’farfué!’ ante nuestra atónita mirada, creando tal confusión que nos dejaba sin argumento de refutación posible.

Nuestra ignorancia tanto del francés como de las artes culinarias, hacía comernos tan intrincada mezcla secreta en el mayor de los silencios, temiendo dañar la autoestima de nuestra cheff de turno. Es así como apañada por nuestra corta edad mi madre perfeccionó su arte del reciclaje alimenticio, poniéndole nombres cada vez más franceses con una inventiva digna de la admiración.

En casa alguna vez tal vez faltó plata, pero una cosa es segura: jamás faltó imaginación.