Un martes cualquiera

Su vida fue vertiginosa desde un principio. Nacido en una aristocrática familia argentina, fue impulsado desde niño a convertirse en alguien importante. Sus padres lo estimularon brindándole todas las ventajas que el dinero podía comprar. Claro, era hijo único, toda la atención de la familia se centraba en él, desde sus primeros pasos siempre estuvo alentado a superarse. Era el orgullo de Walter H. Simmons padre. “Serás tan importante que tu nombre aparecerá en los periódicos”, le decía siempre. Esa frase le retumbaría en su cabeza luego, por las intrincadas vueltas del destino.
A medida que él fue creciendo, las palabras de su familia hicieron mella en su inconciente, por nada del mundo él los defraudaría. A tal punto fue así que se esforzó en cuanta actividad emprendió. A pesar de asistir a los mejores establecimientos educativos, allí donde solo la más selecta clase social podía acudir, él sobresalía por sobre los demás. Nunca fue uno más del montón. En su escuela primaria, el colegio bilingüe San Pedro Apóstol, logró no solo ser abanderado, sino además obtener el mejor promedio histórico de la institución, Lo mismo habría de hacer en el secundario, del cual se graduó en tan solo 4 años, una vez mas presionado por sus padres. “No pierdas el tiempo, tu verdadera vocación empieza en la universidad, no seas mediocre como el resto de tus compañeros”, solían decirle. Para cuando obtuvo su título de bachiller mercantil con orientación en el comercio exterior del Colegio Alemán, apenas si tenía una incipiente barba. Y es que él mismo había aprendido a creer que debía ser más que el resto, que conformarse con lo mínimo era para perdedores y gente sin ambición.
La universidad no sería la excepción. La Universidad Católica solo sería un trámite más de su extensa educación, de la cual se graduaría como Licenciado en Comercio Exterior, a la corta edad de 21 años. Ese iba a ser el último año que pisara suelo argentino, solo que él jamás lo sabría.
Luego de obtener su MBA en harvard, y con más título académicos que amigos, iba a convertirse en el Jefe del departamento de transacciones internacionales en el World Trade Center. La mañana en que recibió la carta de congratulaciones a la puerta de su dormitorio universitario, el primer pensamiento que le vino a la cabeza fue: “Estoy en la cima del mundo”. Y le sobraban motivos para creerlo. Su carrera había sido abrumadora, incluso para sus colegas locales, y no había nada que lo hubiera detenido en su escalera al triunfo con el que tanto habían soñado sus padres. “Si hasta tengo nombre de famoso”, pensó mientras imaginada su placa en el lustroso escritorio de su nueva oficina: “Walter H. Simmons Jr.”, en letras doradas sobre fondo negro, como siempre lo quiso.
El primer tiempo de experiencia laboral, fue fructífero por donde se lo mirase. Había obtenido el respeto y apreciación de sus compañeros de trabajo y su personal a cargo. Hasta se ganó el apodo de “Spanish Shark” por su habilidad para manejar los negocios, en los que nunca le tembló el pulso a la hora de tomar decisiones difíciles. “Nací para esto”, se repetía una y otra vez. Y es que en verdad no podía estar más satisfecho con el resultado de tanto esfuerzo

Tan solo tres meses habían pasado cuando se compró el auto que siempre imaginó, el Ford Mustang GT 1966 totalmente restaurado. El mismo con el que iba al trabajo todas las mañanas desde su residencia en la quinta avenida de Manhattan, un lujoso departamento de 3 dormitorios y vista al central park
Esa mañana, una de las ultimas calidas de lo que quedaba del verano, se levanto especialmente optimista. Debía reunirse con los inversionistas españoles por lo que se sentía a gusto de poder hablar su idioma, y porque al fin y al cabo compartían su misma sangre latina, siempre había disfrutado el trato con este tipo de gente. De manera que se levantó un rato más temprano de lo habitual, se duchó y encendió su plasma para escuchar las noticias de la mañana. Nada le llamó la atención. Cuando terminó su desayuno, se encaminó rumbo a su trabajo, estacionó bajo la torre norte y subió los 89 pisos en el ascensor que lo llevaba hasta la puerta de su oficina.

– Good morning Pam, any news for me? – Saludó a su secretaria-
– Good morning Mr. Simmons, still no messages, it’s early right?
– Yes, I came earlier to prepare myself for the meeting.
– Right, I´ll let you know as soon as they arrive.

Eran poco más de las 8:30 de la mañana del 11 de septiembre de 2001. Entró en su oficina, se sentó en su cómodo sillón de cuero y comenzó a revisar los papeles con información que le había preparado su secretaria el día anterior. Entonces, y sin motivo alguno, giró su cabeza para observar el paisaje que se extendía a través de la enorme ventana de vidrio. Y lo vió. El instante en que toda su vida pasó frente a sus ojos fue tan solo un suspiro: libros, más libros, medallas, exámenes, conferencias y reuniones de negocio. No pudo recordar en sus 24 años un simple momento con amigos, un partido de fútbol,  su primer beso o su primera vez, tal vez porque nunca existieron. “Estoy en la cima del mundo….”, fue su ultimo pensamiento

El vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la torre norte del World Trade Center  a las 8:46 AM. Su nombre aparecería finalmente en el NY Times, en la página 3 de la sección sucesos, al margen derecho bajo un pequeñisimo título: “foreign victims of the terrorist attack”. Algo muy distinto a lo que su padre alguna vez había imaginado.

2 comentarios

  1. Aunque predecible su final por la conocida historia, un gran relato marcado por una simple y olvidada máxima: disfruta cada minuto de tu vida.
    Saludos

  2. Camilo: mil y un hisotrias se han contado acerca del episodio., Este cuento solo imagina el punto de vista de alguien que lo vivió desde adentro. Gracias por tu comentario y por la máxima!

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