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De juguetes baratos y demas yerbas
7 enero 2008

Cuando era chico me divertía principalmente con 3 cosas: la primera era el arbol del patio de casa, una especie de pino del que nunca supe la especie, valga la redundancia. Pero en definitiva era como un pino, alto unos 25 mts. y no se si no me quedo corto. Lo se porque de hecho cuando hace poco mis viejos lo sacaron (antes que éste sacara a la casa del terreno) el primer jardinero que hizo el intento se ve que lo midio a ojo, cobro el anticipo, empezo a laburar, se dio cuenta que se habia equivocado y sus ultimas palabras fueron “ya vuelvo, doña”. Los segundos aventureros que se dieron a la tarea ya eran un equipo bien equipado, y para cuando terminaron con la motosierra, el suelo del patio era un triste cementerio de ramas, troncos, nidos de paloma y otras menudencias similares. En ese árbol pasé incontables tardes con el gordo jugando a que era nuestro “lobo del aire” (que para aquellos de menos de 25 era una serie de televisión muy popular en que la estrella era un helicóptero de la gran siete). Recuerdo que habíamos puesto dos almohadones para simular los asientos, y cada una de las ramitas y ojitas eran botones, palancas, mandos, armas y etc, etc. La “cabina” quedaba como a unos 10 mts. del suelo, subiendo por unos intrincados “corredores” de ramas ásperas y peligrosas. Pero por alguna razón, mi vieja no tenía miedo de que me cayera y me quebrara en 17 partes distintas, se ve que antes se preocupaba menos y se disfrutaba más. La cuestión es que también teníamos dos armas de plástico, para cuando debíamos bajar del chopper a hacer “misiones de reconocimiento”, y por si se cruzaba algún “enemigo” con el que había que trabarse en combate. Con el gordo nos quedábamos hasta que se hacía de noche, momento en el que por falta de iluminación, fingíamos el final de la misión y como rudos soldados nos íbamos a tomar la leche chocolatada con alfajores tatín.

El segundo gran entretenimiento, se trataba de una gran ciudad que ocupaba todo el garage de casa, dibujada en el reverso de planos viejos que mi viejo ya no usaba. Mi hermano mayor, diseñador de autos a tiempo parcial, se habia dibujado unas cuantas manzanas en la que cada uno de los 3 hermanos teniamos una casa de las del cerro, ponéle, y con los autitos de plástico jugábamos a que íbamos y veníamos y hacíamos negocio, que por cierto el que siempre tenía plata era mi hermano del medio que resultó siendo contador, mirá vos. En ese entonces el tenía la concesionaria de autos y nos vendía los autos que nosotros veíamos en un juego de cartas de autos que teníamos, y nos cobraba caro el guacho, aparte de tener una clausula de cambio periódico por la que teníamos que cambiar sí o sí el auto por otro más caro. Para cuando nos cansábamos solo había que enrollar el plano-ciudad y listo. La vieja chocha porque era un entetenimiento seguro y sin suciedad, todo lo opuesto a lo que contaba sobre el árbol-lobo del aire.

Mi tercer gran entretenimiento fué mi bicicleta. Tuve 3. La primera, en la que aprendía a fuerza de golpes a andar era una común rodado 20, que me la trajo el niñito Dios (Sí, lease bien que dije niñito Dios, ni papá Noel ni Santa Clós, ni nada de esas campañas marketineras de gaseosas importadas) era azul brillante con detalles en blanco. Relucía que te dejaba ciego. Muchos años más tarde, por no decir hace poquísimo tiempo, ya grandote boludo me enteré que en realidad el niñito Dios andaba medio corto de guita, se ve que era Argentino en plena época de los inflacionarios años 80; y en vez de traerme una bici Okm se tomó la molestia de reciclar la vieja bicicleta de mi hermano (como cuidaba el medio ambiente la pucha!) y la cepilló, pintó, cambio cubiertas, manivelas, asiento, freno, etc, etc!! que capo! y me trajo una bici totalmente renovada que para mí fue el primer sinónimo de la palabra libertad. Para cuando terminé con esa bicicleta, unos cuantos años y miles de moretones más tarde, de azul brillante le quedaba el recuerdo nomás, el herrumbre se había apoderado ya del 98.2 % de la bici, había perdido los guardabarros, la gomas estaban mas lisas que la cabeza de Ronnie Arias, los ojos de gato ya no estaban, y los frenos había dejado su lugar al clásico sistema de zapatilla-horquilla, que me costó tantas zuelas como sopapos. Ya mi segunda bici fue otra cosa: también heredada pero en “blanco”, ya estaba grandecito para creer en el niñito Dios reciclador. Era una de esas bicis que parecían una moto, con tanque de nafta de plástico, amortiguadores delanteros y traseros, asiento bananero y freno contra-pedal. Esta bici-moto pesaba como una moto y andaba como una bici. Se podía bajar del cordón sin problemas gracias a la suspensión y para agarrar velocidad te hacía falta los cuadriceps de Roberto Carlos. Una vuelta nos subimos 6 amigos y empezamos a dar vueltas, esto es tan cierto que le pueden preguntar a cualquier perro del barrio. Lo mejor de esta bici era saltar los montículos de tierra que hubo en mi barrio durante mucho tiempo mientras se contruyeron las cloacas. Y lo más gracioso le pasó una vez a mi hermano que haciendo gala de buen conductor se lanzó a toda carrera a saltar la zanja de la cloaca y cuando la rueda delantera se despego del suelo, la suspensión se desprendió de la horquilla y allá fue con rueda y todo, para la sorpresa de mi hermano que terminó clavándose de guampa en la lomada de tierra, y frenando al fondo de la zanja tapado en tierra y la bici encima de la espalda. Y para rematar se tuvo que bancar el zamarreo de mi vieja que lejos de preocuparse por su salud, lo trajo a los gritos de la oreja por haberse ensuciado un buzo blanco recién lavado!

Así fue como tanto solo, con mis hermanos o con mi mejor amigo, pasé todas las tardes de mi niñez con algo para hacer, sin hacerle gastar mucho a mis viejos, pero con tantos pero tantos recuerdos que no alcanza este blog para contar.