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El encargo
28 noviembre 2007

El Centro Comercial había quedado en penumbra. Horas más tarde los noticieros locales anunciarían el raro incidente devenido en catástrofe. Para cuando las luces de emergencia se encendieron, el charco de sangre había comenzado a mojar el calzado de quienes estuvieran alrededor de él. Esas personas de inmaculados trajes negros y lentes al tono, cuya tarea principal habría sido impedir que aquello sucediera. Ni siquiera se había escuchado el desplomarse del cuerpo.            

Jamás hubiera sido posible en el imaginario público, que tal situación hubiera de acontecer en una localidad apenas convertida en ciudad un par de décadas atrás. El auge del turismo la había hecho crecer de manera impensada, y los edificios de gran altura habían surcado el panorama en el transcurso de pocos años. Nadie hubiera pensado que esa antes pequeña ciudad,   iba ser el centro de atención de países enteros. Lo que se genero después de aquello, fue solo una seguidilla de comentarios y suposiciones, que intentaran determinar como había sucedido y cual había sido el comienzo de tal atrocidad. Ni siquiera habría de quedar en claro la razón exacta por la que él se encontrara en ese lugar a esa hora. Lo que si fue cierto fue la ambigüedad de reacciones. Muchas personas, quizás demasiadas, se habían alegrado cuando la noticia salio al aire en todos los rincones del mundo. Aquellos que le lloraban no alcanzaban a comprender esta sensación de algarabía. Algunos quizás no le dieron relevancia. Las culpas y los informes oficiales apuntaron en demasiadas direcciones. El culpable jamás seria encontrado. En realidad, solo habría un acusado para calmar la ira y el deseo de venganza de las masas. Al igual que siempre.

Luego se hablaría de que la sensación publica general era que ese momento llegaría tarde o temprano. Que había razones de sobra para que hubiera muchos grupos radicales que se adjudicaran la autoría del hecho. Por cada rincón se mencionaba que era solo una cuestión de tiempo, y de que alguien tuviera el coraje suficiente para enfrentar las consecuencias. Algunos pensaban que esto significaría el libre albedrío, al fin, de todas las naciones. Otros solo lo verían como el principio del libertinaje que acabaría por denigrar la tan ansiada democracia mundial. Ya no seria el “sistema perfecto” de gobierno. Lo realmente importante fue que el acontecimiento, un aparente desperfecto eléctrico menor, cambiaria el futuro del planeta. Una noticia que solo hubiera trascendido en un par de líneas del periódico local, habría de cruzar fronteras y ocupar suplementos completos. Tan solo una persona, o tal vez el destino de dos, el ejecutor y su victima. Dos personas disímiles hasta en el más mínimo detalle. Un don nadie y el dueño del mundo.

El presidente había muerto. Era el comienzo del fin para el imperio.

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